junio 08, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Ova II

*


“Filomena, es hora de llevar el peso de la cruz en hombros,
Tranquila, personalmente me hare cargo de tu crucifixión.
He dejado las espinas, por sí crees que necesitas una corona.
No trates de escapar del destino que hecho para ti”.

Filomena enarcó las cejas. No era precisamente una epístola con dulzura eficaz, al menos no para Filomena, y menos aún, si se enviaba un enorme ramo de rosas rojas junto a ella. ¿Qué significaba todo eso? Las rosas aún tenían las espinas en su tallo…

Filomena salió al pasillo y giro su cabeza hacia las escalinatas, no había nadie. Dejó entreabierta la puerta y recorrió el espacio hacia las escaleras esperando que una puerta se abriera, encontrarse con la cara de asombro de un vecino husmeando en el dintel de la puerta y preguntarle si había visto a la persona que había colocado el ramo de rosas, sí las mismas que llevaba en manos, frente a su puerta. Si lo había visto tocar la puerta y luego retirarse a hurtadillas. Pero ahí no hay nadie, sólo mi jadeo y yo, pensó.

“... y las rosas, las espinas, la carta en mis manos…”, añadió rápidamente con sarcasmo.

Filomena hubiera querido que las paredes le hablaran, y no sólo eso, si no que además tuvieran memoria fotográfica y le dieran una descripción exacta de la persona, el heraldo. Aunque, pensó Filomena, eso no la llevaba a nada. Los enigmas no están hechos para disolverse como el azúcar en el agua. Piensa que pudo haber sido un niño al que le dieron un par de billetes con tal de ir a dejar “el encargo” a tu puerta, no subestimes Filomena. Las cosas tenían que ser más complejas, otra explicación. ¡Por que Cristina no podía prestarse a ese tipo de cosas! ¿Y Richard? No, el era más del tipo de hombre que estaría en casa en zozobra, esperando a que el teléfono sonará, sudando frío, llamando a familiares y amigos para saber si sabían algo de ella. Y bueno, de dar la mala noticia a los desentendidos, sin alarmarlos. No era necesario emprender una búsqueda con la policía, no. Pronto todo se resolvería por causa natural. Gracias, los llamaré de nuevo. Imagino a su esposo sin probar un miserable bocado en las últimas horas, haciendo tiempo a la llamada, adelantarse al repiqueteo del aparato en la cómoda, levantar el auricular y escuchar la voz de su amada esposa embarazada (y ahora fugitiva), sin exigirle una explicación… ¿para qué? Si él, sólo deseaba escuchar un “estoy bien” para calmar su angustia de esposo, de futuro padre.

Debo llamar a Richard, se dijo Filomena, y pronto. Pero eso podía esperar un poco más, ahora tenía otras cosas bullendo en su cabeza. Aún llevaba la carta y las flores en sus manos. Apretó fuertemente los dedos, y pudo sentir por primera vez, las espinas adentrándose en su piel delicada. ¿Quién más podría hacer algo así? No supo que responder, pero estaba segura que la respuesta estaba ahí… ¿Ahí dónde, carajo?

Llegó al borde de la primera escalinata y giro como si fuera a regresar, pero no lo hizo. Se quedó estática, pensativa. El segundo apretón, esta vez el dolor calo más profundo. Giró de nuevamente. Esta vez, divisó al gato de la vecina en el arcén, frente a la puerta principal del edificio, siendo esquivado por los viandantes, de espaldas hacia ella. Seguramente el felino había visto algo pero era más fácil que la pared, junto a ella, le diera algo revelador.

Filomena imagino la escena, su primera opción:

“Hey, niño. ¿Quieres ganarte un par de billetes? Es sencillo, sólo debes ir a dejar este ramo de rosas al segundo piso, en el 27. Llegas, tocas la puerta y sales corriendo como cuando juegas a hacer sonar el timbre de los vecinos con tus amiguitos. ¡Ten cuidado, que nadie te vea! Mucho menos ella, mi novia. Es una fecha importante para los dos, sabes. No queremos que la sorpresa se estropee ¿No es así? Toma, tu parte. Hazlo como te dije. Buen chico”.

No, eso era una pelotudez más propia de una niña amante de libros de ficción. Regresó al departamento y al entrar trató de rememorar sus movimientos previos al abrir la puerta, y hacer que todo aquello se encaminará a su curso actual. Predeterminado por saber quien carajos ¿Cómo podía ella saber que al abrir esa puerta un juego desconocido había iniciado? ¿Cómo podía escapar a ese destino que alguien había hecho para ella?

No, esa era otra pelotudez, y mayor. Seguramente, era una pulla de alguien. Y no importaba quien carajos fuera el pendejo que había armado todo ese putito cuento del destino. Estaba con Cristina, eso si que era importante. Puso la jarrilla con agua en la estufa y se volteó: ahí estaba la toalla de Cristina, seca. El chirrido de los neumáticos, el ramo de rosas, la carta, la ausencia doble. El enigma del destino prefabricado. Eran demasiadas cosas para ser algo rutinario. Maldición. Trato de no recordar más detalles que reavivarán el fuego de su desasosiego paranoico. Apagó la hornilla. Ya no quería café, un poco de cafeína no resolvería nada. Y no se creía el cuento de que el café y la dona ayudaba a los policías a volver los casos sin resolver, en resueltos. Sólo quería que Cristina regresara junto a ella. Por qué le había mentido en lo del baño. ¿En qué otras cosas le habría mentido Cristina, eh? Carajo, carajo, carajo. ¡Carajo! Tranquilízate, se dijo Filomena. Cabeza fría. Todo es más sencillo, esta mierda no es una novela de John Katzenbach. Filomena recordó a su maestro de francés, quien le dijo una vez algo sobre Petróvich Pavlov y el condicionamiento. No recordaba exactamente la anécdota, pero sí el punto al que llego aquel anciano. Duerme a tu desasosiego, y luego ata los cabos sueltos. Cerró sus ojos. Respiro profundo, exhaló. Repitió esto hasta sentir que estaba un poco más calmada.

Recuerda, se dijo Filomena, regresaste a la cama a cubrirte en sábanas, escuchaste los neumáticos en la avenida y luego…


*

junio 01, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Ova I


*

Dejo la toalla sobre el respaldo de la silla. De reojo vio el reloj en la pared, aún quedaba mucho tiempo pero había que cambiar el curso las cosas. Anticiparse a los movimientos del otro jugador. Demoler los planes del adversario como si fuera la cáscara deleznable de un huevo. Cristina no quería vivir la experiencia de los tripulantes del Titanic en carne propia. Tomo las llaves del clavo junto al pestillo de la puerta. Al cerrar estuvo a punto de poner el cerrojo, pero recordó que Filomena esta dentro, en su habitación. Aunque hubiera querido dejarla confinada, por seguridad, no lo hizo, Filomena, era tan infantil como para armar un barullo de mil demonios, y tan rentable para la prensa local como la masacre de la pizzería Pozzeto, el 5 de diciembre de 1986. No es que Filomena fuera un Campo Elías Delgado en potencia, con resabios bélicos de una guerra, pero no era aconsejable ponerla al borde de la cornisa para medir su improvisación. Cristina ya tenía suficientes cosas con que lidiar como para agregar algo sin explicación lógica a la lista. Con el peso de su cruz le bastaba…

En el estrecho corredor se topo con el gato de la vecina del frente. Las miradas se cruzaron. El felino huyo por los escalones de madera hacia la recepción, Cristina se sintió igual, como si estuviera huyendo, intentando sobrevivir, al punto de sufrir un ataque de pánico. Pero no era un miedo rutinario como el de su fobia hacia los pollos. Algo penoso, decía cada vez que alguien hacia un comentario sobre eso. Era un escozor más sencillo pero letal para su sosiego. Era un sentimiento similar como cuando pequeña una prima cuidaba de ella, y luego de un ingenuo incidente tuvo que esperar las imprecaciones de papá en el dormitorio. Una larga espera en el camastrón, con la cabeza baja, los pensamientos bullendo y tratando de anticipar el quejido de la puerta al abrirse. Ese sentimiento, volvía a vivirlo. Y la paralizaba. Cristina en un silencio virulento que rebotaba en las paredes como si fuese eco. Recordando a cada momento pasajes inconclusos y borrosos de lo sucedido aquel día.

No era la anécdota la que la atormentaba sino los sentimientos. Pero no había sentimientos sin anécdota.

Cristina y su prima (mayor que ella por unos 20 años) estuvieron en la cocina preparando un frugal tentempié aquella tarde. Era una tarde primaveral, le decía su memoria a Cristina. La prima -Cristina tenía 5 años, en ese entonces, recordaba muchos pasajes pero no el nombre de la hija de tía Margaret-, decidió preparar una compota de guayaba. Sobre la mesa y el suelo fueron cayendo las tiras de piel lisa, verde. Con la ayuda del pelador que mamá guardaba en un cajón junto al resto de los utensilios de mesa cada fruta fue quedando desnuda sobre la tabla de picar. Corto en pequeños segmentos la fruta y los coloco dentro del vaso de la licuadora. Cristina, aún visualiza la mano de su prima llevando los trozos hacia el fondo del recipiente de vidrio, cuidadosamente, para no cortarse con las filosas aspas de metal. No recordaba por qué ni de donde le vino la idea, pero lo hizo. En el preciso momento en que la prima colocaba las últimas porciones, presionó el botón. El grito que anticipo la caída de cosas al piso de linóleo hizo darle un salto sobre la enorme mesa, donde su prima la había colocado minutos antes. Nunca supo sí el dedo quedo dentro del recipiente junto a la pulpa semi-licuada o si sólo había sido un corte profundo que sanó con las semanas. Un detalle que quedo siempre en su memoria fue el reguero de sangre sobre la mesa, el piso y que salpico su vestido blanco. Ah, y la imagen nerviosa de su prima arrojando todo al suelo (junto a las gotas rojas) en busca de un paño con el cual hacerse un torniquete en la herida. Una vecina, escuchó los gritos, y fue ella quien llamo a la ambulancia y recibió a los enfermeros en el portal mientras Cristina miraba a su prima quejándose del dolor en el sofá de la sala, sujetando el paño con fuerza, envolviendo la extremidad, apretando bien los dientes. Desesperada. De reojo la pequeña miraba como la frente de su prima perlaba por el sudor.

Cristina odio los momentos previos a la llegada de la ambulancia, su prima no le dirigió una mirada en todo ese tiempo. Se sentía culpable, impotente. Escuchar las sirenas acercándose fue un ingente alivio para su conciencia que estaba junto a ella, en un rincón de la sala. Cristina estaba tan asustada que ni recuerda como fue que llegaron los paramédicos a la enorme habitación donde estaban y desperdigaron todos los utensilios en la alfombra. De pronto estaban ahí, con su uniforme blanco y el fastidioso aroma a alcohol medicinal. Fue un joven enfermero quien limpió y desinfectó la herida antes de llevarse a la prima Francy, ese era su nombre. Se fueron al hospital, esa fue la última vez que vio a la prima Francy. Tras su recuperación se fue a estudiar a una universidad brasileña. Hablaba casi perfecto el portugués. Filha, era como le llamaba siempre acompañada de una hermosa sonrisa dibujada en sus labios rosados. Nunca volvió a escuchar esas palabras.

Cristina se quedó unos minutos en casa de la vecina quien le dio un poco de leche antes de regresar a casa (los padres de Cristina pronto llegarían a casa del trabajo), y limpiar el desorden en la cocina.

Filha…

Los recuerdos son un ave fénix y los humanos los encargados de fundirse en sus alas férvidas. Cristina lo sabía perfectamente. Y no siempre vienen acompañados de sensaciones placenteras. No quería otro igual, así debía ser algo para contrarrestar las cosas, desviarlas de su cauce inexorable.

Cristina bajo las escalinatas, el gato no esta en el sillón floreado donde siempre se posaba. Abrió la compuerta de cristal y el aire fresco elevo sus cabellos. Hubiera querido elevarse como las hojas secas agolpadas en el pavimento. Levitar, sin ideas perturbadoras que hacían que su cuerpo fuera grávido, casi al punto de resquebrajarse casi en su totalidad. Subió al automóvil, insertó la llave y puso en marcha el motor. Debía pasar a una gasolinera por nafta. El tanque estaba casi vacio, como sus esperanzas de salir bien librada del laberinto en el que se encontraba. Antes de pisar el acelerador vio hacia el edificio donde vivía, el gato estaba en la puerta principal. Sus miradas volvieron a encontrarse pero esta vez quien huyó no fue el felino. Los neumáticos rechinaron en el pavimento en un fragor que fue apagándose, como la imagen del auto que desapareció al cruzar en la esquina hacia la avenida 8.

*

mayo 28, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Cuarta Parte



4

Afuera, la gente caminaba por el arcén con pasos descoordinados. Cada quien envuelto en el mundo que le conviene y del cual se ha hecho acreedor por merecimiento propio. Cristina se acercó al balcón y siguió con la vista a un par de viandantes. No había algo o alguien que llamará su total atención, ningún detalle sugestivo, tan sólo personas con rostros desconocido, con rumbo desconocido. ¿Qué será de esas personas que sólo se ven una vez en la vida?, se dijo Cristina. Un anciano con bastón y atuendo beatnik tiraba de la cadena sujeta al cuello de su perro que se había detenido a olisquear las escalinatas del edificio de ladrillo del frente. La fuerza que el viejo imprimía (junto con la orden imperante: ¡Buster, camina!) parecía fútil ante el testarudo ímpetu de su mascota. Por suerte, para el anciano, la puerta principal del edificio se abrió con fuerza (el perro se asustó y el dueño sonrió a la coincidencia tan afortunada para su paseo matutino), de las gradillas descendió una mujer regordeta acompañada de dos niños díscolos de los que tiraba como si quisiera desmembrar los miembros superiores a los pequeñines. Los dueños de perros y los padres de familia tienen más en común de los que sus mascotas e hijos se imaginan, se dijo Cristina. El que parecía ser el más pequeño agitaba sus manos, llevaba una pesada remera que cubría su torso y una bufanda que resaltaba por su color cegador. Cristina recordó que la noche anterior, en el noticiero de medianoche, el “hombre del tiempo”, había advertido de una corriente de aire frío que provenía de las costas del océano Pacífico y que entraría en el territorio a primeras horas de la mañana. Había que abrigarse bien, había sido el consejo del conductor antes de pasar a comerciales, que ella regresara a la cama con una taza de té de manzanilla para Filomena. El otro niño, el mayor, tenía un gorro azul que hacía de fuerte para el cabello corto ante el embate del viento gélido, le gritaba a la madre algo a cerca del perro que los adelanta. Quería uno igual, papá lo había prometido, iba a hacer el obsequio de su próximo cumpleaños.


Un volskwagen gris cruzó la calle lentamente. Cristina pudo ver como el conductor estiraba la mano por la ventanilla y dejar caer su cigarro aún encendido en el pavimento.


Las ramas del árbol frente al ventanal estaban vacías, no había pájaros. Eran pocas las hojas que quedaban en aquel arbusto. En suelo, junto a las raíces, se hizo un pequeño remolino con las hojas sueltas. Revoloteaban como si tratarán de llamar la atención de los peatones. Todo, y todos quieren ser el centro de atención. No es una buena idea abrir la ventana estando desnuda, pensó Cristina mientras se sentaba en el diván junto a la ventana. Su mirada hizo un planeo de la habitación, el desorden le recordó las rabietas de su madre cuando siendo alumna del secundario el orden y la limpieza pasaban al segundo plano y la necesidad de querer cambiar al mundo era una manera de supervivencia imberbe, no había tiempo para acomodar la ropa sucia, poner en recua los libros, y los zapatos debían estar dispersos en el suelo como granadas colocadas adrede para el intruso de paso. Los dos cuartos le parecían un cuadro desolador a Cristina, salvo por el hecho de que en el que se encontraba ahora, había una mujer desnuda durmiendo en su cama, Filomena.


Cristina giro sobre sí misma, la ventana era nuevamente un caleidoscopio. Los ojos siempre están tras el detalle que impresione, que permita poner el mundo en una perspectiva diferente, que rompa la barrera de lo rutinario. En este caso, Cristina se percató de algo, no había parejas aquella mañana andando por la calle 32, quizás todos aún seguían en la cama, como Filomena.


Los pensamientos pronto empiezan a despertar, se avivan creando extensas conexiones entre sí, como los escondrijos (pequeños callejones) de una pared de ladrillos. El teléfono repiqueteo en la mesita junto a la cama. Cristina se espabilo inmediatamente, tratando de no hacer ningún ruido con los objetos difuminados en la moqueta, no quería que Filomena despertará. Eso no sería la manera más romántica de iniciar el día. Una voz masculina del otro lado le dio los buenos días en francés, reconoció la voz, respondió de igual manera, bonjour. Se acomodo en el lado vacio de la cama, justo al lado de las almohadas arrugadas. Reacomodó el auricular inclinando su cabeza y haciendo presión con su hombro asegurándose de no se le resbalará, y perder el hilo de la lozana conversación. Sus manos estaban ocupadas evitando que el aparato se abalanzará al suelo desde sus muslos. Mientras sus ojos se aseguraban de que Filomena aún dormía plácidamente.


- No es algo temprano aún para que llames –dijo con tono quisquilloso-, espero no sea un atisbo de arrepentimiento tardío.

Una carcajada ensordecedora provino desde el auricular amarrillo.


- El proyectil surca el aire… ¿No crees que ya es tarde para intentar esquivarlo y evitar el impacto? Ir a tu departamento, personalmente –enfatizando la palabra casi con rudeza-, si hubiese sido un “atisbo de arrepentimiento tardío”, aunque, te aseguro, que te hubieras quedado petrificada frente a la puerta antes de espetarme uno de tus comentarios pretenciosos.


Cristina devolvió la carcajada. Filomena hizo un repentino movimiento y se coloco en posición fetal, cubrió su cuerpo desnudo con la sábana blanca como si fuese líquido amniótico, el aire gélido se filtraba por el resquicio debajo de la puerta. Cristina le dijo a su interlocutor que espera un momento. Abrigo el hombro descubierto de Filomena con lo primero que encontró: una pequeña almohada. La piel de su amante resplandecía, Cristina, lamento tener que cubrir tal belleza con una objeto tan insignificante. Había que hacer algo para que las cosas encajaran de mejor manera.


Fue hacia un pequeño mueble de caoba en el que estaba colocado el viejo tocadiscos del abuelo, busco en la repisa superior y coloco un vinil, Horses. Ajusto la aguja y accionó el aparato. Modero el volumen justo antes de que los acordes de piano de Birland invadieran la habitación. Regresó junto a la cama para tomar el teléfono y se dirigió al diván. Se recostó en una posición que le permitiera ver directamente a Filomena.


- Ve al grano, dime que es lo que quieres –dijo esperando tener una respuesta escueta-. Déjate de jugarretas…


- De momento, me gustaría escuchar la parte de la canción donde Smith dice “no human…”. Luego, quiero que te duches y nos veamos en el café en media hora.


- Predecible, lo del baño. Media hora, me parece demasiado pronto, tengo visita. Por ti, no voy a estropear mi día desde muy temprano como si fuera el último de mi vida. Cuarenta y cinco minutos o una hora será menos sospechoso. No quiero que me vea salir del departamento como si estuviera huyendo de la situación en la que me he envuelto.


- De acuerdo, deja el auricular descolgado. Vete a dar la ducha.


Cristina dejo el teléfono en el diván y fue hacia la cama. Acerco sus labios junto a la oreja descubierta de Filomena y le dijo que debía salir de emergencia y que no quería dejarle una notita junto a una rosa porque hubiera sido inapropiado y podía preocuparla por un gesto tan extraño en ella. Filomena sonrió, luego, abriendo lentamente los ojos, le dijo:


- ¿Con quién hablabas por teléfono, amor?


- Con un tipo que cree ser el próximo elegido en cargar la cruz por todos nosotros. Voy a darme un baño, no quiero aromas en mi cuerpo que desvanezcan lentamente para luego intentarlos recordar en un acto de patetismo shakesperiano. Tú sabes más de esas cosas que yo.


- Bueno, no quiero que pienses que escuche tu conversación con El Mesías. Sólo quería asegurarme de que no intentabas huir en la primera oportunidad que se te presentaba.


- Lo sé. Debo irme, no quiero llegar tarde a la crucifixión.


- Claro, gracias por la canción hubiese sido un lindo gesto de huída, muy a tu estilo. Tenía tiempo de no escuchar a Patti Smith, sabes…


- He dicho “debo irme”, y no termine la frase con un “vuelvo en unas horas, amor”. Ya es hora que leas entre líneas, Filomena.


- Ya vete, no quiero que llegues solo ha bajar el cuerpo inerte de la cruz. Al menos deberías poner agua a hervir para un café. Lo necesito.


- Al regresar, quiero un poco de té esperándome… y a ti, desnuda en esa misma cama.


Cristina fue hasta el mueble donde estaba el tocadiscos y subió el volumen, desde un espejo pudo ver la sonrisa en la cara de Filomena. Luego abrió una puerta del armario y descolgó una toalla. Se dirigió a la puerta y antes de abrirla, sin voltear a ver, le dijo a Filomena que no se acercará a la ventana, no había parejas de novios en la calle y no quería que fuera a perder parte de la mañana haciendo suposiciones, engranando simbolismos, que no tenían cabida en su vida. Sigue con tu sueño matinal ahí te sentirás más cómoda, le dijo antes de girar el pomo para luego cerrar la puerta.


¡Cristina…! Un alarido en la cabeza de Filomena hizo que su sueño se perdiera en las llanas tierras de la intranquilidad. Una hoja seca se estampó en el cristal de la ventana haciendo un anodino estrépito. ¿Porque hay sucesos que toman partido en libretos donde no les llaman y aparecen con careta de “coincidencias”? Cristina había dejado el teléfono descolgado en el diván. La curiosidad pudo más. Filomena se apeo de la cama y por primera vez en tanto tiempo había dejado que la desnudez de su cuerpo, y su vientre prominente, fuera visto por los rayos del sol sin sentirse expuesta. Tomo el auricular.


- Aló…


Un silencio le contestó. Extraño, parecía que del otro lado tampoco habían colgado. Volvió a intentarlo, su voz salió de sus labios articulando una palabra que fue degollada justo cuando Patti Smith dejada escapar un alarido en forma de no human que fue apagándose. Alguien había colgado del otro lado. Filomena se dispuso a dejar el auricular en su lugar. Vio por la ventana, Cristina tenía razón: no había parejas esa mañana. Los vellos de sus brazos se erizaron, se froto con las manos, y coloco una pequeña manta debajo de la puerta. Se fue a la cama y nuevamente se sumergió en las sabanas. No pudo conciliar el sueño. Filomena, sabía que Cristina debía regresar a la habitación por ropa limpia, esa sería un buen momento para comentarle lo sucedido, el silencio lúgubre del otro lado del auricular y el repentino acto seguido. Y además, recordarle que debía poner la jarrilla con agua en la estufa.


febrero 24, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Tercera Parte

3

Filomena dejó el bolígrafo en la mesa y le agradeció con una sonrisa al anciano, que le devolvió el gesto.

Al dejar la nota junto al servilletero se preguntó si llegaría a experimentar ese sincero amor que vislumbraba en la mirada de la pareja de ancianos. Se dijo que sí, que no estaba muy lejos de ello.

La noche empezaba a mostrar su rostro lóbrego, por suerte, las primeras farolas de la avenida empezaban a alumbrar, sobre la banqueta se dispersaban los rayos luminosos en un viaje constante sin retorno. Sobre el pavimento las sombras de los viandantes se estiraban hasta hacer contacto la punta de las zapatillas de Filomena. Las delgadas suelas chocaban contra el concreto y dejaban escapar un leve sonido como el de un suspiro en medio de la nada. Pronto, el andar rápido fue cambiando hasta convertirse en un trote parsimonioso.

Al doblar en la esquina, la divisó. La reconoció con facilidad por la bufanda que terminaba en la espalda baja de Cristina.

Ella estaba ahí, quieta, frente a una galería -desde donde estaba podía verse el enorme rótulo que se mecía en lo alto, justo debajo de Cristina-, como si supiera que iban tras de ella. ¿Qué había logrado llamar su atención, eh?, se preguntó Filomena sin darse el tiempo necesario para contestarse así misma, apresuró el paso. Quería acercarse lo más que su ligereza le permitiera, estirar la mano y posarla en su hombro, para luego... ¿Para luego qué?, se dijo. No supo con certeza lo que haría. Siguió, no se percató pero ahora corría sobre la acera como si el último hálito de vida se escapará por la calle... a unos metros de donde se encontraba.

*

No supo con certeza que era... ¿tendría que ver algo el cuadro de la galería en donde se mostraba a dos mujeres? Se detuvo frente al cristal. Unas bombillas alumbraban el cuadro haciendo que los detalles del óleo resaltarán como si la pintura estuviera tomando vida propia. Cristina, se dijo a sí misma que debía volver. "Un cruce de palabras no te harán daño, Cristina", pensó. Hizo mella en lo fácil que resulta alejarse sin permitirse el derecho de la equivocación necesaria que luego hace más sencillo el abandonar y olvidar.... sólo era eso lo que buscaba. Una quietud sólida que no se desmoronará con tanta fragilidad.

*

Los pies de Filomena iban a estallar con el próximo paso. Se dijo que no podía más. Su último intento por hacer algo resonó en toda la calle y reverberó en un eco que se extinguió justo cuando sus miradas se encontraron, nuevamente.

*

Escuchó su nombre reverberar por toda la calle ..., la voz que clamaba por ella parecía ser la misma que se fue extinguiendo en sus recuerdos luego de tantos años como la llama de una vela luego de recibir el embate de un soplo. Giró la cabeza, estaba ahí, en medio del arcén, quieta, como la última vez. Las personas que rodeaban a Filomena la miraban atónitas, era obvio, nadie entiende el lenguaje de la pasión si no es parte de él. Y eso era justo lo que había entre ellas: pasión. Cristina no espero a que Filomena diera el primer paso, no era ése su estilo, la iniciativa predominante nunca fue lo suyo. Cristina camino hacia Filomena, cosa que disfrutó placenteramente, era similar a la sensación de acercamiento como cuando pasaron la primer noche juntas.

Se sintió plena y segura, al ver a Cristina acercarse a ella, lentamente. Hubiera querido estar desnuda, cubierta sólo por las sábanas blancas de aquella cama en la que muchas veces se dejaron amar hasta el siguiente amanecer.

*

Filomena se quedó sin palabras, Cristina tomo su lívida mano.

"No digamos nada, ya tendremos tiempo de hacernos dañó", le dijo Cristina a Filomena antes de darle un beso (adoraba perderse en eso labios), para luego cubrirla con sus brazos como la noche lo hacía con ellas, como las sábanas blancas que esperaban por ellas en el departamento, desde hacía un tiempo atrás.

Arte (1): Min Jung Kang
Fotografías (2, 3): Reem Alsabah


febrero 20, 2011

Un recuerdo simultáneo: Mademoiselle C. Sabogal & Filomena/ Segunda Parte

2

Richard hizo su pedido. La señorita que lo atendió en la caja le dijo que si no quería añadir una porción de pastel (que eran exhibidos en el mostrador) por $0.50, se negó. La joven sonrió y fue a la parte posterior del local, donde estaba la cocina, a traer unas servilletas. Richard frotó la sortija de matrimonio, la espera se estaba haciendo demasiado larga para una taza con chocolate.

Tras unos minutos, su pedido estaba listo pero debía esperar su cambio. A pesar de su incordio Richard no iba a prestarse a una rabieta en la cafetería. Serán unos segundos más, se dijo para contener el disgusto.

No fueron unos "segundos más" como el pensó.

Por segunda vez sintió la plata fría del anillo al hacer fricción con sus dedos, no pudo contener más su indignación, le dijo a la cajera que era una pérdida de tiempo estar esperando, que no pasaría el Día de San Valentín conversando con una cajera de cafetería, que llevarán el cambio a su mesa.

Al momento de terminar su perorata, se disculpó por lo dicho.

La cajera se disculpó por la tardanza pero el local estaba lleno. "Al parecer todas las parejas de Bogotá están aquí, señor", le explico la cajera. Ella se disculpó por enésima vez y le dijo que harían caso a su orden, de llevar su cambio a la mesa. Le tendió la taza con chocolate y una sonrisa rutinaria.

Al voltearse, Richard se sintió aún más avergonzado, la cajera había tenido toda la razón: el salón principal de la cafetería estaba repleto. Richard se preguntó en que momento habían arribado todas esas personas, que al parecer, eran en su mayoría, eran cónyuges. Aunque era demasía gente reunida en un mismo lugar que hasta se podría decir que ingresaron todos al mismo tiempo como un batallón. El serpentear por en medio de las mesas resultaba casi imposible, era fácil toparse con una mano/espalda/filo de una mesa. Richard dio gracias a Dios de no sufrir claustrofobia, hubiese sido la guinda del pastel. Richard vio como las camareras hacían su versión de la La Odisea en cada pedido que debían cumplir. Parecían volatineros haciendo un acto circense con las bandejas plásticas en medio de aquel barullo. Al estar en medio del salón, Richard, sintió la sensación de estar en arenas movedizas, que no avanzaba, que era engullido por una fuerza invisible como en una de esas pesadillas donde eres perseguido por alguien y al parecer te han sujetado a una caminadora, como las de los gym. Al termino de segundos, la sensación era tal que Richard, presentía que su cara iba a terminar estrellada en el frió suelo junto a un tacón femenino.

Al escuchar el resonar de la campanilla colgada en la puerta de entrada, Richard, sintió un gran alivio. Por suerte, la taza de chocolate permanecía incólume, al igual que la porcelana que le servía como base. Pronto esa tranquilidad le fue arrebatada, cuando se situó a unos pasos de la mesa se percató que su esposa ya no esta ahí.

Richard giro su cabeza a derecha e izquierda, en pocos segundos ya había hecho un planeo de la avenida, de un lado estaba la fuente del parque, del otro la calle en lontananza.

Los ancianos aún permanecían en su mesa, una súbita esperanza emergió de una parte muy recóndita de su ser, junto a su angustia. Dejó la taza con chocolate junto al servilletero y con movimientos prudentes se acercó a la pareja antediluviana.

No, no habían visto en que momento se retiró de la mesa, dijo el anciano mientras daba un sorbo de café.

"Aunque me pidió prestado mi bolígrafo -hizo un movimiento de cabeza hasta que su mirada se tipo con el bolsillo de su camisa-, quizás dejó un notita para usted, señor".

Richard fue hacia la mesa, y en efecto, justo debajo de la porcelana resaltaba la esquina de una servilleta, quitó la taza (se quemó la mano, maldijo), y encontró un mensaje:

"Regresaré a casa pronto, perdón amor".

Richard se quedó de hielo, volvió la mirada hacia los ancianos que lo escrutaban desde su mesa, les sonrió. La anciana le devolvió el gesto, mientras el esposo levantó su taza de café como asentimiento.

Donde carajos has ido, Filomena, se dijo Richard antes de alejarse de la cafetería.

En el preciso momento en que Richard giraba por la esquina, una camarera salió del restaurante hacia las mejas de afuera, se preguntó que en cual mesa debía dejar el cambio, pero un anciano le dijo que el joven que estaba en esa mesa (la señalo con su dedo) se había retirado hace unos segundos. La chica pensó que era su día de suerte y que debía tomarlo como una propina. Introduje el dinero en un bolsillo de su delantal. Limpió la mesa y al poner la taza de chocolate en la bandeja plástica le pareció extraño, al parecer nadie había bebido un sorbo de ella.


LA PINTURA es creación DEL ARTISTA ERNEST DESCALS PUJOL.(MANRESA,1956)

febrero 12, 2011

Un recuerdo simultáneo: Mademoiselle C. Sabogal & Filomena

[Cualquier analogía errónea con la realidad debe ser interpretada como una absurda invención del autor]


Mademoiselle Sabogal: Escena Uno.


- Basta de absurdas palabras, sil tu plaît. Para mañana ya no habrá que preocuparse por “nuestro” futuro. Hoy, sólo hay tiempo para crear un recuerdo. Algo que con el tiempo, parecerá maravilloso, aunque no lo haya sido -me acerque lentamente a sus labios, dudó, sus pupilas se abrieron, al igual que sus labios: pude percibir su aliento, junto con el aroma a cereza de su lápiz labial-. Desde un comienzo te dije que esto, no nos llevaría a nada –proseguí, debía hacer mis movimientos rápidos, sin permitirle intervenir-; somos dos mujeres, eso significa demasiado drama, no crees. Nos hace falta un poco de frivolidad masculina como telón de fondo. Até Logo...

La besé. El lápiz labial se impregno en mí como si fuera un intento, por parte de ella, de dejar algo en mí. Permaneció callada, pensativa. Esa fue la última vez que la vi.

Luego me maldije por no preguntarle que era lo que pensaba, debí hacerlo. Cada vez que revivía aquel día, me decía, que debí haber hecho las cosas diferentes, sólo un detalle nunca mudaba en el guión: alejarme de ella.

Ahora, al verla junto a su esposo (quien frota sutilmente su barriga haciendo que el brillo de su anillo absorba los últimos rayos de sol de día), me resulta sencillo darme cuenta que hubiese sido desastroso, para ella, haberse quedado junto a mí.

Hice bien en alejarme, me dije, reconfortándome…


Filomena: Escena Dos.


Richard no paraba de frotar mi ombligo con su mano. Estaba entusiasmado con el embarazado. A mí, me tomó por sorpresa la noticia que pronto sería madre.

Cuando el doctor, luego de una prueba de sangre, dirimió todas mis dudas, que tendría un bebé, me quedé estupefacta/quieta en la camilla, las ideas en mi cabeza eran como la bata del doctor, de la enferma, la mía; blancas...me quedé de piedra.

Luego de un par de meses de nauseas, vómitos y antojos, la sensación de negación/incomodidad se fue diluyendo. Los antojos eran cada día, más y más, frecuentes. Ese día, le dije a Richard que quería ir a dar una vuelta al parque, quizás ir a una cafetería cercana. Me dijo que, luego de salir del trabajo pasaría por mí al departamento y cumpliría mi capricho, y no sólo eso, me tenía una sorpresa...

Cuando llegamos me encontré con una mesa arreglada, con un hermoso ramo de girasoles en el centro, unas velas, y un par de copas servidas con vino. Era parte del plan de Richard, creo. La mesa estaba junto a la avenida, en el arcén de concreto, por suerte no había muchos autos, aunque la hora de tráfico nocturno estaba próxima. Me ayudó a sentarme, todo un caballero. Le dije, gracias amor. Me beso en la frente, y me frotó el vientre, sutilmente, como cuando se iba temprano a trabajar y evitaba, a toda costa, hacer un fragor/movimiento brusco que me privará del momentáneo sueño.

Le pedí a la mesera que cambiará mi copa de vino por un vaso de agua, por el bebé. Richard se excusó diciendo que cuando hizo la reservación no menciono que éramos tres. Me pareció tierno, adorable. La mesera coloco la copa en una bandeja que manipulaba con pericia, se dirigió a la barra, no sin antes, espetarme una sonrisa y dejar los menús en la mesa.

Desde donde se estaba, podía ver la fuente principal del parque. No era extraño que no hubiera mucha gente cerca, el atardecer empezaba a mostrar sus primeros intentos de florecimiento. Aún así, había un par de personas en las escalinatas, el agua de la fuente, que caía en forma de una anodina brisa sobre los hombros de los viandantes, seguramente, era refrescante. Tras unos minutos, regreso una mesera (la que nos dio la bienvenida atendía a una pareja de ancianos que segundos antes había llegado al lugar), se disculpó por no llevar mi vaso con agua, no entendí a que se debía tal reticencia hasta que ordenó a otra mesera que llevará a nuestra mesa unas porciones de pastel y dos tazas con chocolate. “Obsequio de la casa a las parejas, por el Día de San Valentín”, dijo y se retiro hacia donde estaba la mesa de los ancianos. Esto, me tomo por sorpresa, había olvidado la fecha en la que estábamos. Richard sonrió desde el otro lado, sabía que me había tomado desprevenida.

El chocolate esta hirviendo, aun así, resultaba íntimo verlo exudar un leve efluvio de la tacita de porcelana. Dar el primer sorbo de aquella cálida bebida provoco en mí, una fruición que se desplegó por todo mi cuerpo, que decir de la primer porción de pastel. Habría comido otra, pero al ver de reojo, nuevamente, hacia las gradillas de la fuente, el antojo de cualquier cosa, desapareció...

Estaba ahí, viéndome fijamente, desde las escalinatas dela fuente. Su pelo había sufrido cambios, era del color del atardecer de ese día, anaranjado. Pero su mirada esta indemne, era la misma. Sus ojos verdes hacia contraste con su hermoso vestido floreado, con sus botas escocesas (recuerdo que fue un regalo de su madre), y la vieja bufanda azul, aún raída. Una parte de mí, decía que debía pararme e irme de ahí, huir. La otra, que no.

Decidí tomar la mano de mi esposo y darle un beso, aseste justo en el nudillo del dedo anular. Me sonrió, dejó su asiento y se acerca a mí: sus labios me provocaron lo mismo que aquel día en que ella decidió irse, amor profundo.

Aún logró recordar lo que pensé en ese momento, cuando sus labios se llevaban una parte de mí, algo que como ella dijo, ahora era sólo un recuerdo.

Cuando sus labios se despegaban de los míos pensé: "Seguramente no volveré a sentir algo así...". Lo último que escuché fue un "até logo", se fue. El recuerdo estaba creado.


Mademoiselle Sabogal & Filomena: Escena Final.


No podía evitar la sensación de cobardía, no hacer nada, había que hacer un intento para hacer que desapareciera tal rescoldo. He de arrepentirme de esto si no corro el riesgo, pensó C. Sabogal. Una gota de agua (de la fuente) cayó en su mano, estaba fría. Se acomodo la bufanda y camino hacia donde Filomena quien se alejaba de su esposo luego de darle un beso. No tardó en llegar a la mesa, la distancia era más corta de lo que creyó, no tuvo el tiempo para ordenar sus ideas/pensamientos, de darle forma a su improvisación. Estaba a un par de pasos de la mesa, aún no había pensado algo que decir, como iniciar un nuevo/viejo contacto con ella, sólo quedaba una salida: su intuición. Al llegar a la mesa, pensó:

- No estoy lista para un nuevo recuerdo del cual no me sentiré cómoda. Los recuerdos no deberían ser retroactivos, o al menos, no permitir que los sentimientos sean quienes conciban su efigie en el mundo paralelo de los recuerdos.

Se alejó. Filomena percibió su aroma al pasar junto a ella y pensó:

- Quizás, no me ha reconocido. Quizás me ha olvidado. Quizás, el anterior recuerdo, el de ella besándome, sea el indicado.

Richard, la interrumpió de su soliloquio.

- Nada, no pienso en nada. Puedes traerme otra taza con chocolate, amor.


abril 28, 2010

¿Quién escribió el Poema Azul?


- Quítate los zapatos. Deja que tus pies sientan la existencia del pasto. Vamos, olvida el miedo. No te preocupes estas tierras podrían ser parte del legajo de codicilos que dejaría, si me hubiera ofuscado en hacer una fortuna. Pronto traspasaremos la barrera de los prejuicios.

Tomar el sendero agreste advertía que para Menphill no existían los caminos. Aseveraba que los caminos fueron hechos por pisadas de gente prejuiciosa.

- A tu edad, caminaba bajo la lluvia los dos kilómetros que existen entre la urbe y el pueblo. Cuando la gente sufre problemas existenciales, se vale de aspavientos para ponderar sus sentidos: es la necesidad de querer sentirse vivo. La voz áspera de Menphill alcanzo mi cabello [El brazo del viejo se recostaba en mi hombro]. Su índice apuntaba hacia el sureste; mi efeba mirada colisiono con la vieja cabaña de Colina Riscow.

-El Sr. Gregorius Wharholl vive solo en el inmueble.

No tome importancia al comentario de Menphill. En un tono bajo pregunte el porque habría de interesarme la existencia del anciano. Menphill soltó una blasfemia aduciendo que era un niño demasiado estólido, como para estar con él y el Sr. Packmound a la hora del té.

Al final de la colina una cohorte de abietáceas marcaban los territorios del Parque Central de Bronchessani, a un costado del lago [Las raíces parecían tomar la vida del lago, o viceversa].

En la orilla opuesta a nosotros, una prolífica extensión de tierra eraria, hurto mi atención.

-Tienes suerte de encontrarte de este lado del lago Norboth. Farfullo Menphill, mientras del bolso del pantalón saco un legajo de papeles. Entre los jeroglíficos podía comprenderse El Poema Azul. Según mi exegeta era una metáfora a cerca de la ignorancia, la petulancia de los seres humanos y la desidia del axioma de las clases sociales:

La pirámide de valor social por bienes, es un agibílibus del paripé de la plutocracia: Mi moderada fortuna no puede compararse con la del optimate acaudalado del pueblo (es de suponer que la balanza esta de su lado) esto me convierte en subordinado/ínfimo social. Sin embargo, del otro lado del piélago, existe un lauto que cuadriplica esa fortuna. Y para los ojos de éste, los dos (el optimate y yo) le debemos pleitesía. Esto nos convierte análogos sociales, que aspiran a medrar”. Contrario a lo que los “todólogos del pueblo” harían, me percate de la importancia de la acotación de Menphill; a pesar de que no la entendí.

Mi silencio se fue convirtiendo en excogitación hasta que hice un paréntesis en la realidad; tenia nauseas mentales a causa de la parrafada de Menphill y en mi lengua burbujeaban las palabras.

-¿Quién escribió El Poema Azul? Logro vomitar ab irato mi boca luego del pasmo.

- Alguien con quien podría sentarme a tomar un té. Claro, esas son mis conjeturas surrealistas-metafísicas, que según la opinión de la gente son reflejo de mis patologías. La ceja poblada de Menphill se arqueo.

Días después, en la cafetería del pueblo estaba Menphill. La mesera llevó dos tazas a su mesa. En la puerta del recinto había un rótulo que decía “Hoy té a 1$”. [Frente a él había un espejo].