agosto 04, 2011

Un recuerdo simultaneo/ Ova III (segunda parte)


*

Filomena salió del apartamento sin saber exactamente a donde se dirigía. Sólo quería salir del maldito cuarto. Ya en el corredor el aire le pareció menos grávido. Al llegar al borde de las gradas vio como un gato negro subía por ellas, desembarazado, y al llegar donde ella estaba, se deslizó entre sus piernas formando ochos invisibles.

- ¿Qué quieres, pequeñín? –Le dijo al felino que no hizo más que levantar su cola con pedantería-, acaso te has extraviado.

Filomena se inclinó hacia el gato, deslizó su mano de la cola hacia el cuello, luego dio una palmadita entre las pequeñas orejas. El gato ronroneó. Luego posó sus patas en los muslos de Filomena que ya esta en una posición de genuflexión. Cuando la chica se disponía a cargarlo por las patas delanteras se dio cuenta que tenía un collar, lo tomó entre sus dedos y leyó la inscripción: Gallimard.

- Así que esté es tu nombre, eh. Tu nombre...-No terminó la frase y ya estaba pensando en Cristina. Sujeto a Gallimard entre sus manos, luego estiro sus brazos elevándolos hacia el techo, le pareció gracioso el gesto que este hacia al mover los bigotes en las alturas, lo atrajo hacia ella, hasta tenerlo cerca de su rostro. Miradas frente a frente-, Nouvelle Revue Française…

- No creas que eres un caso especial, es así con todos.

Era una voz femenina. Filomena giró sobre sus pies (con Gallimard entre sus manos) para ver de quien se trataba. A pocos metros de donde estaba vio a una chica que estaba recostada sobre el dintel de una puerta. Su primer impresión de aquella mujer esbelta era el de alguien muy insolente, pero con una hermosa sonrisa dibujada en los labios. Su cabello era tan largo que le llegaba probablemente a la mitad de la espalda, muy cerca de curvilínea cintura. Un enorme mechón se posaba sobre su pecho. La chica miraba a directo a los ojos de Filomena, lo que le daba un aire de seguridad que le incomodaba. Le recordó a Cristina. Hasta parecían ser de la misma edad.

- Bromeaba. Soy Milena…-estirando su mano mientras avanzaba hacia Filomena, sin desviar la mirada de sus ojos.

A Filomena sólo se le ocurrió sonreír ingenuamente.

- Mucho gusto –dijo Milena al estar a pocos centímetros del rostro de Filomena-, no voy a tener mi mano extendida durante los próximos tres segundos…

Filomena reaccionó y devolvió el gesto. Era más hermosa de cerca.

- Un placer, Filomena. Me llamo Filomena –dijo mientras le daba a Gallimard-, lo siento no pude resistirme. Es un lindo gato el que tiene…

- No te creas, es el bicho más manipulador que he conocido…

Fue hasta entonces que Filomena cayó en la cuenta de que su acento era argentino, quizás de allí provenía todo ese porte de grandeza.

Milena pudo ver que la chica esta en etapa de gestación pero no quiso hacer ningún comentario al respecto. No era de su incumbencia la vida ajena. Notó algo en la mirada de Filomena, era tristeza. Así que hizo un intento por conducir la conversación a un plano menos protocolario:

- Gallimard, es un gato que nunca da un paso en falso, y menos, si no esta seguro de recibir una caricia. No es un caballero de la mesa redonda. Tiene una facilidad para detectar la soledad en las personas, así que lo primero que se le ocurre es… –añadió Milena.

¿Soledad? ¿Ha dicho soledad?, pensó Filomena. Tan obvia era hasta para una extraña que nada conocía de ella. Las lágrimas no tardaron en salir de su guarida.

- ¡Perdón! Disculpa… -Soltó a Gallimard de sus brazos y atrajo a la chica hacia ella-, Disculpa, che… –no podía recordar el nombre de la chica que ahora lloraba entre sus brazos. La memoria siempre había sido un lastre, y más en momentos como ese, donde debía estar al cien por cien-, no quise… no quise… ofenderte. Quise decir que Gallimard es…

- No se disculpe… –dijo Filomena, se sentía cómoda en aquellos brazos. Eran como los de Cristina. ¡Pero ella no era Cristina! Se apartó. Limpió las lágrimas de su rostro con la manga de la camisa-, soy yo quien debe disculparse por mi comportamiento. Es que…-soltó un sollozo, no sabía que decir para excusarse.

Se quedaron calladas, viéndose a los ojos. Un trueno se escucho a lo lejos pero los cristales del ventanal al final del pasillo vibraron como si hubiera sido del otro lado de la calle. Filomena sintió vergüenza. Bajo la mirada. Milena, la embargo un sentimiento de piedad por aquella chica…

- Lo menos que puedo hacer, por hacerte derramar un par de lágrimas, es ofrecerte un poco de café. ¿Quieres una taza de café, Filomena? –logro recordar el nombre por la similitud de letras con el suyo.

-No, gracias. Debo irme, tengo…prisa –titubeó.

- Claro, la gente que tiene prisa se detiene a acariciar lo primero que se le aparece en el camino –señalo con sarcasmo a Gallimard. Con un movimiento ágil tomó la mano de Filomena-, ¿Creo que una taza de café es una mejor excusa para retrasarte que un gato desconocido, no? Además, parece que se avecina una tormenta. Deja que ella humedezca las calles; tú no.

Filomena levantó su mirada. Milena tenía un hermoso rostro. Y no sólo eso, había logrado hacer que ella olvidará el suplicio en el que se encontraba. Algo tenía esa argentina. No debía perder el sendero. Cuando se tiene la oportunidad de contrariar el dolor no debe dudarse. Apretó levemente la mano de Milena y camino con ella hacia la puerta abierta.


Gallimard se quedó en el corredor, lamiéndose.


*


Filomena puso al tanto de su situación a Milena, le había tomado mucha confianza por su manera de ver las cosas, ostentaba una perspectiva menos melodramática. Ella siempre tenía una palabra en mente que hacia que las cosas perdieran su sentido trágico. Era como si una situación ardiera en un fuego constante y su criterio era el balde de agua que lograba extinguirlo. Por breves momentos la envidio, era una chica con estrella. ¡Cómo pudo equivocarse con ella!, debía confiar menos en su prejuicios. A cada tanto, Milena, se levantaba de su lugar a la cocina, preparando todo para el café, eso sí, con mucho cuidado de no parecer impasible. Siempre sonriéndole como si se conocieran de toda la vida. Cosa aparte era Gallimard, quien se acicalaba en uno de los sillones, indiferente de todo el ajetreo que se desmenuzaba alrededor suyo.

Milena asomó su cabeza por una columna:

- -¿Quieres azúcar, Filomena? –dijo desde ahí mientras pensaba que nunca olvidaría ese nombre.

- Por favor…, sería un error tomar un café sin azúcar en este momento de mi vida.

Milena rió fuertemente adentrándose nuevamente en la cocina. Un barrullo de trastos se escuchó. Milena gritó que todo estaba bien, que había sido un trueno, no ella. Filomena sonrió, pero sólo para sí misma. Cuando vio a Milena aparecer con las dos tazas exultando el vaho del agua caliente sonrió nuevamente.

- De que te ríes, eh -le dijo a Filomena. Colocó las tazas en la mesa del centro-. Sé perfectamente que no tengo el garbo de Ingrid Bergman.

- De nada. Es que me recuerdas a alguien. Sólo es eso…–añadió.

- Eso es exactamente lo que te dicen las personas cuando extrañan a otra, y quieren que tu suplas su ausencia. Y en mi caso soy Cristina, no.

Filomena bebió el primer sorbo de café y pensó que si, en efecto, Milena era Cristina, porque era ella quien le había prometido tomar café en el desayuno. Pero se había ido, sin previo aviso.

- Nada de eso… -mintió.

- ¿Y que piensas hacer, Filomena? Es decir, no puedes tener a tu esposo, el padre de tu hijo, en zozobra todo este tiempo. No tomes el papel de arpía en todo este quilombo.

Milena tiene razón, pensó Filomena. No había pensado en Richard. Se sintió miserable por haber sido tan egoísta en estos dos últimos días. Y más con alguien que había demostrado amarla tanto. Y aún peor, por algo que no tenía sentido. Ni pies ni cabeza. Nada, eso es lo que le había dejado Cristina con su repentina partida: Nada.

- No lo sé, aún –dijo poniendo la taza nuevamente en sus labios.

- Sólo espero que el sufrimiento valga la pena –sonrió. Bebió un poco de café, le hacia un poco de azúcar al suyo, se sirvió un poco.

- Gracias por tu honestidad. Algo de eso me hace bien, tanto como el café. ¡Dulce…! ¿Podrías ponerle dos cucharadas de azúcar a tus próximas palabras? No creo poder soportar otra “granada” como esa última…

Las dos rieron, al compás, fuertemente. Tanto que despertaron a Gallimard quien las vio sin entender nada, para luego volver a dormirse. Se detuvieron, luego se vieron, y empezaron a reír nuevamente, esta vez, durante largo tiempo.

Los truenos eran cada vez eran más constantes.

Milena fue la primera en terminar su café, así que fue a la cocina a preparar otra taza. Durante ese tiempo Filomena aprovechó a ver la habitación con más detenimiento. Un planeo por la habitación le llevó a la conclusión de que la sala no era muy grande, pero gracias a la manera en que estaban dispuestos los muebles resultaba acogedora, sobria, como sala de espera de una clínica dentista. Rió al darse cuenta de la mala comparación que hizo. Empezó de nuevo, y vio la enorme lámpara en el centro de la marquesina daba un aire de palacio en miniatura. Eso estaba mejor. Sobre una mesa había una pequeña lámpara encendida, todo ese rincón estaba iluminado y la pared color melón destellaba como oro. Los pocos cuadros parecían no tener nada que ver con Milena, ni con el resto de la decoración. Entre las cosas que más llamaron su atención, se encontraba una serie de libros con pasta dura puestos en recua en una esquinera. Leyó la portada del primer libro, luego dijo:

- ¿Sabes francés, Milena?

- Si lo dices por los libros, no. Esa es una colección de un amigo mío –contestó desde la cocina-, los dejó ahí, nunca regresó por ellos. Bueno, creo que amigo no fue la palabra adecuada… Son libros de Marcel Proust, fue de uno de ellos de donde obtuve el nombre Gallimard. ¿Sabes algo a cerca de Proust?

- Un poco. Ese “amigo tuyo”… ¿Te mencionó algo a cerca del affaire Proust? –la última vez que había dicho una palabra en francés había sido para Cristina.

- Veo que tu sí sabes francés, eh.

- No, en realidad es Cristina quien sabe.

- Entonces fue ella quien te menciono eso del… ¿Cómo has dicho…?

- ¡Affaire Proust!

- Eso impronunciable. –dijo mientras regresaba con su taza de café. Se acomodó en el diván-, bueno, vas a decirme lo de Proust o no.

- ¡Oh, sí! Hay muchas versiones sobre el asunto, eso me dijo Cristina…

- Entonces no dirás nada… relevante –rió-, vamos déjame algo con lo que pueda presumir la próxima vez que me pregunten sobre esos libros viejos. Algo además del polvo que han acumulado todo este tiempo.

- Bien. Era algo como que Marcel Proust escribió unas cartas al dueño de una editorial francesa, Gaston Gallimard, en ellas le proponía publicar uno de sus escritos, pero la reputación snob de Proust no ayudo a sus intereses. Uno de los colaboradores de Gallimard o socio, no recuerdo bien, lo rechazó ¡Ni si quiera se molesto en leer la obra! ¿Cuál crees que era la obra?

- ¡Una de esas! –señalando con la cucharita.

- ¡Puede que sí! No he visto todos. En fin, la obra era “A la recherche du temps perdu”, En busca del tiempo pérdido.

- Ah…, pero no entiendo, si dices que la editorial no público la obra de Proust, por qué aparece el nombre de Gallimard en esos libros.

- La historia no termina ahí. Eso que te cuento de las cartas fue en 1913. Proust desilusionado puso de su bolsillo para la publicación del escrito en otra editorial. El texto recibió buenas críticas en las revistas de literatura de ese tiempo. Fue entonces, que Gallimard y sus huestes se dieron cuenta del error que habían cometido. Luego el tipo que había rechazado su carta; Gide… ¡Schlumbergery Gide!, le envío una carta pidiendo disculpas por haber rechazado su trabajo. En fin, años después la editorial de Gallimard se hizo con los derechos de los escritos de Proust. Y los libros que tú tienes, son parte, quizás, de una colección de Librairie Gallimard. ¡C’est tout!

- Bien, esos libros ahora tiene otro significado para mí. ¿Cuánto crees que podrían darme por toda la colección, eh? Podríamos compartir las ganancias…

- Moitié-moitié, ¡mitad y mitad!…-Un nuevo trueno hizo vibrar los cristales, y la sonrisa fue desapareciendo poco a poco de su rostro-, creo que debo irme, ya he terminado mi café –se levantó del diván con presura.

- ¿No tienes otra anécdota sobre algún otro artilugio en esta habitación? –dijo levantándose del asiento también.

- No, lo siento. –Dijo mientras dejaba la taza en la mesa- Debo irme. Además, has dicho “una taza de café” por mis lágrimas, no.

- ¡No tardará en empezar a llover! Eso es una mejor excusa que una taza de café.

- Aún así, no veo algún inconveniente. No quiero ser irrespetuosa contigo, pero no deja de ser agua sobre mis hombros para purificar mis penas.

- Claro. Conocí a un tipo que me dijo, “la lluvia es una caricia leve sin presunciones”.

- Touché. Eso me deja más serena….

- A mi también. Me alegra haber compartido una taza de café contigo, Filomena. Gracias por lo de…-no podría mencionar las palabras con un francés tan espléndido como el de ella-, Proust. Y espero que tus dilemas se disuelvan como azúcar en una taza de café.

- Eso, y que su regusto sepa de igual manera: dulce. Au revoir…

Se dieron un fuerte abrazo, luego un beso en cada mejilla. Milena le obsequió una sonrisa antes de volver a sentarse en el diván y tomar un sorbo de café caliente.

Antes de salir de la habitación, Filomena, dio una última-fugaz caricia en el pelaje obscuro de Gallimard. Al cerrar la puerta se sintió con mayor fuerza, como con más energía, las cosas tenían un tinte diferente ahora. Frotó su vientre. Gracias Milena, pensó antes de verse en el solitario corredor.

Filomena descendió las escalinatas sin rumbo predeterminado, pasó junto a la recepción sin siquiera ver el reloj, abrió la puerta principal y salió. Las dos calles parecían ser una buena opción de escape. La primer gota de lluvia cayó sobre sus labios, desde su lengua sintió regusto dulce que se esparció por su boca y le provoco una fruición indescriptible. Eso seguramente era una buena señal. Dio el primer paso sobre pavimento que empezaba a oscurecer por las miles gotas de lluvia que en él se estrellaban.


julio 29, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Ova III

*

Afuera, en el arcén, la mayoría de los viandantes habían desaparecido. Las gotas de lluvia habían convertido el grisáceo del pavimento en un tono más oscuro. El rumbo del agua era encaminado por la pendiente. Los desagües trabajan a su máxima capacidad, engullían el agua que bajaba a gran velocidad por la fístula adyacente hasta la banqueta donde la fuerza de la corriente aumentaba. Eran pocas las personas que a esa hora del día caminaban debajo de sombrillas. La lluvia era tan fuerte que muchos conductores tuvieron que disminuir la velocidad de sus automóviles en la avenida, la visión detrás del manubrio era casi nula. El tráfico era lento, pero constante.

Hubo una gran cantidad de peatones que se refugiaron bajo las azoteas de los edificios. Hubo otros, quienes corrieron con más fortuna y lograron un pequeño espacio en las escalinatas de entrada de un hotel, resguardada por un enorme toldo en donde fue colocado el nombre del establecimiento. En esos momentos la prisa era innecesaria, soluble, había que esperar a que la lluvia aminorara un poco. Y eran en esos momentos donde surgían encuentros improvistos con personas que jamás se habían visto. Cuando lo desconocido obtiene rostro, voz, gestos y hasta una personalidad.

Dentro de los edificios no faltó el niño que se acercó al ventanal más cercano e hizo el intento de hacer un garabato en el cristal empañado.

En las recepciones, las huellas de las suelas mojadas empaparon los tapetes, y los paraguas fueron colocados en un rincón en donde, poco a poco, el agua fue acumulándose formando pequeños charcos sobre el azulejo. Minutos más tarde el conserje aparecía por enésima vez con sus bártulos, y paño en mano fregaba el reguero loablemente; desaguaba el trapo, hasta dejarlo casi seco y listo para el próximo uso. Nuevamente, el cubo con agua era llevado a la cañería más cercana, y vaciado. Los relámpagos constantes habían originado apagones, un par de candelas fueron encendidas, y así, prescindir de la luz eléctrica cuando el servicio se restableciera. En las habitaciones la obscuridad prevalecía, las nubes habían alcanzado su tono más sombrío. Otro par de candelas fueron encendidas pero la luz no era suficiente. Y en ese estado lúgubre estaba Milena, envuelta en sus pensamientos, sin dejar de quitar su vista a una colección de libros. Una y otra vez la voz femenina (que minutos antes la había acompañado) volvía a repetir los mismos diálogos en su mente. Tomó el poco café que quedaba en su taza y luego la colocó en la mesa del centro, junto a la otra taza vacía. Jugó un rato con la cucharita en sus labios, luego la colocó dentro de una de las tazas. Volvía a perderse en las pastas duras de aquellos libros viejos, supo que nunca volvería a escrutarlos de la misma forma, ese día habían sufrido una metamorfosis. No eran los mismos. Nunca más. Quiso acercarse al ventanal y ver la lluvia chocar contra el cristal, el pavimento o cualquiera que estuviera allá abajo en la avenida. La lluvia en todo su esplendor, la misma, que estaría cayendo en los hombros de Filomena. Pero no, se inclino más por la idea de quedarse quieta, con sus pensamientos a mil, como si fuesen un enjambre de abejas en su cabeza.

El embate de una corriente de aire gélido se escurrió por el cuerpo de Milena, quien pronto lo transformó en nostalgia. Gallimard subió al diván, no intentó acercarse enseguida a ella. Permaneció inmóvil con los ojos fijos en la ventana, con su peculiar porte, soberbio, con aire de haber alcanzado lo planeado. La vista puesta en los cristales mientras movía una de sus orejas. Extendió sus patas delanteras e inclino su cuerpo hacia adelante, rasgo un poco la tela, y luego lamió una de sus patas a sabiendas de que su dueña no lo miraba. Ella estaba a la deriva en sus ideas. << Los portentos que fascinan nuestras vidas siempre tienen como ingrediente la desgracia ajena>>, se dijo Milena mientras veía como su felino se acercaba, sigilosamente, como si disfrutará el instante previo a deslizar su cuerpo por un costado del muslo o escurrirse entre los dedos dejando un fino pelaje en ellos.

Milena acarició el suave pelaje de Gallimard, quien se alejo con rapidez del alcance de su mano, haciéndole saber quien era el que debía cargar con la indiferencia del otro. El felino dejó el diván con un pequeño salto que terminó en la alfombra, dio pequeños pasos hasta dar con el borde del sillón que estaba en la parte posterior de la habitación. Milena percibió la ausencia de su fiel Gallimard rápidamente (había entendido el mensaje), pero cayó en la cuenta de que no era del todo cierta su soledad. Detuvo su mirada en la pareja de tazas sucias. La cucharita que había servido para endulzar el café reposaba dentro de una de las tazas eso hizo recordarle lo bien que la había pasado con Filomena. La otra taza no tenía nada que envidiarle a su compañera, ella ostentaba también un apacible detalle: un poco de pintalabios había quedado en su borde redondo. El aroma de café y la fragancia de ella no habían desaparecido totalmente de la habitación. Pensar que no pudo hacer mucho por su nueva amiga le hizo sentir coraje consigo misma. ¿Qué habría hecho yo en su lugar, eh?, pensó. Subió la otra pierna al diván al mismo tiempo que acomodaba en su lugar un mechón de pelo que se había deslizado desde su oreja. Gallimard estaba del otro lado, podía verlo desde donde estaba, junto a la puerta de la cocina, bebiendo un poco de agua de su dispensador y blandiendo su cola de un lado a otro, como si estuviera despidiéndose. Y en efecto, en pocos segundos ya estaba deslizándose por el falsete que ella misma había mandado a hacer en la parte inferior de la puerta de entrada. La misma puerta por la que Filomena había salido con más incertidumbre de la que llevaba encima (esa había sido su última impresión) cuando acepto la taza de café en el corredor. El mismo en el que ahora Gallimard, seguramente, se desperezaba lamiendo su pelaje negro como era costumbre.

Milena cambio de postura, pero las ideas aún permanecían en el mismo sitio, incordiando. <<Tendría que haber hecho algo más audaz para hacer que los engranajes se ensamblarán de mejor forma para Filomena. Algo más dinámico que sólo hablar sin dar soluciones concretas>>. Eso lo pensó muy tarde, y al darse cuenta de ello, se sintió peor.

El falsete se elevo de la moqueta, lo primero que se asomó fue una pata felpuda con lentitud demudada, como queriendo pasar desapercibida, luego…

- ¡Espero estés satisfecho, Gallimard! – le gritó, su reconvención había sido rabiosa. El felino detuvo su avance, fijo la mirada aterrada en ella, movió sus bigotes y luego corrió por la habitación hasta desaparecer por el corredor-. ¡Ahora huyes, cobarde!

Milena hizo un esfuerzo por desmedrar su enojo. La acusación era sin fundamentos. Poco o nada tenía que ver Gallimard en todo eso, más bien, si había que llevar a alguien al cadalso era a su piedad que, esta vez, la había puesto contra las cuerdas sin más otra que..., no se arrepintió de haber dicho aquello, sin eso, nada habría pasado.

Un ruido metálico le llegó desde la ventana, alguien había pateado una lata, abajo, en la calle. Hubiera querido hacer lo mismo con su bruñida conciencia, deshacerse de ella. Mandarla al garete. Pero no podía, no estaba en su repertorio ese tipo de actitudes, pocas veces se lo había permitido. Y esta, no era una de esas “veces”. Se inclinó hacia un costado y cogió el primer cojín que pudo y lo colocó entre sus piernas como si fuera un peluche, ¡un ancla!, algo a lo que poder aferrarse apretando con fuerza. Ni siquiera Gallimard, su camarada, podía ayudarla. ¿Cómo estará Filomena?, se dijo antes de levantarse del diván e ir a la cocina a lavar los féferes.

- Será difícil deshacerme de tus labios –musitó dulcemente mientras abría la llave del agua y pretendía deslizar el paño con jabón en la porcelana-, de tu voz…, tu recuerdo.

Milena vio hacia la puerta del frigorífico, ahí estaba, dentro de un sobre, su pasaporte y boleto de regreso a casa. Mañana volvería a Buenos Aires, su tiempo ahí, había expirado y todo lo vivido ese día permanecería en su memoria. No había dicho nada de eso a Filomena. Carajo. Y si ella regresaba mañana por la mañana (cuando ella ya no estuviera) “en busca de otra taza de café”. Un día después, eso es lo único que necesitaban para hacer que una vivencia (y diminutos detalles memorables) se convirtieran en nostalgia compartida. Una tristeza embargó a Milena: nada podía hacer por Filomena. No había espacio ni tiempo en su vida para dilemas no esperados. Si al menos hubiera aparecido en su vida días antes. <<Hay gente a la que se debe reciclar el mismo día en el que se le conoce. Gente de un día, nada más. Poco queda de esos rellenos existenciales…>>. Milena se odio por ese último pensamiento. Cerró el grifo, amilanada.

- ¡¿Dónde estás, Gallimard?! –farfulló, al borde de las lágrimas.

Los labios de Filomena permanecieron en la porcelana, indemnes. Un diminuto detalle que rememorar. Al igual que los libros de Marcel Proust en aquel mueble.

La lluvia empezó a perder su fuerza. Hubo más de uno que suspiro de regocijo en algún lado.

Las penas ya habían sido purificadas.


junio 08, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Ova II

*


“Filomena, es hora de llevar el peso de la cruz en hombros,
Tranquila, personalmente me hare cargo de tu crucifixión.
He dejado las espinas, por sí crees que necesitas una corona.
No trates de escapar del destino que hecho para ti”.

Filomena enarcó las cejas. No era precisamente una epístola con dulzura eficaz, al menos no para Filomena, y menos aún, si se enviaba un enorme ramo de rosas rojas junto a ella. ¿Qué significaba todo eso? Las rosas aún tenían las espinas en su tallo…

Filomena salió al pasillo y giro su cabeza hacia las escalinatas, no había nadie. Dejó entreabierta la puerta y recorrió el espacio hacia las escaleras esperando que una puerta se abriera, encontrarse con la cara de asombro de un vecino husmeando en el dintel de la puerta y preguntarle si había visto a la persona que había colocado el ramo de rosas, sí las mismas que llevaba en manos, frente a su puerta. Si lo había visto tocar la puerta y luego retirarse a hurtadillas. Pero ahí no hay nadie, sólo mi jadeo y yo, pensó.

“... y las rosas, las espinas, la carta en mis manos…”, añadió rápidamente con sarcasmo.

Filomena hubiera querido que las paredes le hablaran, y no sólo eso, si no que además tuvieran memoria fotográfica y le dieran una descripción exacta de la persona, el heraldo. Aunque, pensó Filomena, eso no la llevaba a nada. Los enigmas no están hechos para disolverse como el azúcar en el agua. Piensa que pudo haber sido un niño al que le dieron un par de billetes con tal de ir a dejar “el encargo” a tu puerta, no subestimes Filomena. Las cosas tenían que ser más complejas, otra explicación. ¡Por que Cristina no podía prestarse a ese tipo de cosas! ¿Y Richard? No, el era más del tipo de hombre que estaría en casa en zozobra, esperando a que el teléfono sonará, sudando frío, llamando a familiares y amigos para saber si sabían algo de ella. Y bueno, de dar la mala noticia a los desentendidos, sin alarmarlos. No era necesario emprender una búsqueda con la policía, no. Pronto todo se resolvería por causa natural. Gracias, los llamaré de nuevo. Imagino a su esposo sin probar un miserable bocado en las últimas horas, haciendo tiempo a la llamada, adelantarse al repiqueteo del aparato en la cómoda, levantar el auricular y escuchar la voz de su amada esposa embarazada (y ahora fugitiva), sin exigirle una explicación… ¿para qué? Si él, sólo deseaba escuchar un “estoy bien” para calmar su angustia de esposo, de futuro padre.

Debo llamar a Richard, se dijo Filomena, y pronto. Pero eso podía esperar un poco más, ahora tenía otras cosas bullendo en su cabeza. Aún llevaba la carta y las flores en sus manos. Apretó fuertemente los dedos, y pudo sentir por primera vez, las espinas adentrándose en su piel delicada. ¿Quién más podría hacer algo así? No supo que responder, pero estaba segura que la respuesta estaba ahí… ¿Ahí dónde, carajo?

Llegó al borde de la primera escalinata y giro como si fuera a regresar, pero no lo hizo. Se quedó estática, pensativa. El segundo apretón, esta vez el dolor calo más profundo. Giró de nuevamente. Esta vez, divisó al gato de la vecina en el arcén, frente a la puerta principal del edificio, siendo esquivado por los viandantes, de espaldas hacia ella. Seguramente el felino había visto algo pero era más fácil que la pared, junto a ella, le diera algo revelador.

Filomena imagino la escena, su primera opción:

“Hey, niño. ¿Quieres ganarte un par de billetes? Es sencillo, sólo debes ir a dejar este ramo de rosas al segundo piso, en el 27. Llegas, tocas la puerta y sales corriendo como cuando juegas a hacer sonar el timbre de los vecinos con tus amiguitos. ¡Ten cuidado, que nadie te vea! Mucho menos ella, mi novia. Es una fecha importante para los dos, sabes. No queremos que la sorpresa se estropee ¿No es así? Toma, tu parte. Hazlo como te dije. Buen chico”.

No, eso era una pelotudez más propia de una niña amante de libros de ficción. Regresó al departamento y al entrar trató de rememorar sus movimientos previos al abrir la puerta, y hacer que todo aquello se encaminará a su curso actual. Predeterminado por saber quien carajos ¿Cómo podía ella saber que al abrir esa puerta un juego desconocido había iniciado? ¿Cómo podía escapar a ese destino que alguien había hecho para ella?

No, esa era otra pelotudez, y mayor. Seguramente, era una pulla de alguien. Y no importaba quien carajos fuera el pendejo que había armado todo ese putito cuento del destino. Estaba con Cristina, eso si que era importante. Puso la jarrilla con agua en la estufa y se volteó: ahí estaba la toalla de Cristina, seca. El chirrido de los neumáticos, el ramo de rosas, la carta, la ausencia doble. El enigma del destino prefabricado. Eran demasiadas cosas para ser algo rutinario. Maldición. Trato de no recordar más detalles que reavivarán el fuego de su desasosiego paranoico. Apagó la hornilla. Ya no quería café, un poco de cafeína no resolvería nada. Y no se creía el cuento de que el café y la dona ayudaba a los policías a volver los casos sin resolver, en resueltos. Sólo quería que Cristina regresara junto a ella. Por qué le había mentido en lo del baño. ¿En qué otras cosas le habría mentido Cristina, eh? Carajo, carajo, carajo. ¡Carajo! Tranquilízate, se dijo Filomena. Cabeza fría. Todo es más sencillo, esta mierda no es una novela de John Katzenbach. Filomena recordó a su maestro de francés, quien le dijo una vez algo sobre Petróvich Pavlov y el condicionamiento. No recordaba exactamente la anécdota, pero sí el punto al que llego aquel anciano. Duerme a tu desasosiego, y luego ata los cabos sueltos. Cerró sus ojos. Respiro profundo, exhaló. Repitió esto hasta sentir que estaba un poco más calmada.

Recuerda, se dijo Filomena, regresaste a la cama a cubrirte en sábanas, escuchaste los neumáticos en la avenida y luego…


*

junio 01, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Ova I


*

Dejo la toalla sobre el respaldo de la silla. De reojo vio el reloj en la pared, aún quedaba mucho tiempo pero había que cambiar el curso las cosas. Anticiparse a los movimientos del otro jugador. Demoler los planes del adversario como si fuera la cáscara deleznable de un huevo. Cristina no quería vivir la experiencia de los tripulantes del Titanic en carne propia. Tomo las llaves del clavo junto al pestillo de la puerta. Al cerrar estuvo a punto de poner el cerrojo, pero recordó que Filomena esta dentro, en su habitación. Aunque hubiera querido dejarla confinada, por seguridad, no lo hizo, Filomena, era tan infantil como para armar un barullo de mil demonios, y tan rentable para la prensa local como la masacre de la pizzería Pozzeto, el 5 de diciembre de 1986. No es que Filomena fuera un Campo Elías Delgado en potencia, con resabios bélicos de una guerra, pero no era aconsejable ponerla al borde de la cornisa para medir su improvisación. Cristina ya tenía suficientes cosas con que lidiar como para agregar algo sin explicación lógica a la lista. Con el peso de su cruz le bastaba…

En el estrecho corredor se topo con el gato de la vecina del frente. Las miradas se cruzaron. El felino huyo por los escalones de madera hacia la recepción, Cristina se sintió igual, como si estuviera huyendo, intentando sobrevivir, al punto de sufrir un ataque de pánico. Pero no era un miedo rutinario como el de su fobia hacia los pollos. Algo penoso, decía cada vez que alguien hacia un comentario sobre eso. Era un escozor más sencillo pero letal para su sosiego. Era un sentimiento similar como cuando pequeña una prima cuidaba de ella, y luego de un ingenuo incidente tuvo que esperar las imprecaciones de papá en el dormitorio. Una larga espera en el camastrón, con la cabeza baja, los pensamientos bullendo y tratando de anticipar el quejido de la puerta al abrirse. Ese sentimiento, volvía a vivirlo. Y la paralizaba. Cristina en un silencio virulento que rebotaba en las paredes como si fuese eco. Recordando a cada momento pasajes inconclusos y borrosos de lo sucedido aquel día.

No era la anécdota la que la atormentaba sino los sentimientos. Pero no había sentimientos sin anécdota.

Cristina y su prima (mayor que ella por unos 20 años) estuvieron en la cocina preparando un frugal tentempié aquella tarde. Era una tarde primaveral, le decía su memoria a Cristina. La prima -Cristina tenía 5 años, en ese entonces, recordaba muchos pasajes pero no el nombre de la hija de tía Margaret-, decidió preparar una compota de guayaba. Sobre la mesa y el suelo fueron cayendo las tiras de piel lisa, verde. Con la ayuda del pelador que mamá guardaba en un cajón junto al resto de los utensilios de mesa cada fruta fue quedando desnuda sobre la tabla de picar. Corto en pequeños segmentos la fruta y los coloco dentro del vaso de la licuadora. Cristina, aún visualiza la mano de su prima llevando los trozos hacia el fondo del recipiente de vidrio, cuidadosamente, para no cortarse con las filosas aspas de metal. No recordaba por qué ni de donde le vino la idea, pero lo hizo. En el preciso momento en que la prima colocaba las últimas porciones, presionó el botón. El grito que anticipo la caída de cosas al piso de linóleo hizo darle un salto sobre la enorme mesa, donde su prima la había colocado minutos antes. Nunca supo sí el dedo quedo dentro del recipiente junto a la pulpa semi-licuada o si sólo había sido un corte profundo que sanó con las semanas. Un detalle que quedo siempre en su memoria fue el reguero de sangre sobre la mesa, el piso y que salpico su vestido blanco. Ah, y la imagen nerviosa de su prima arrojando todo al suelo (junto a las gotas rojas) en busca de un paño con el cual hacerse un torniquete en la herida. Una vecina, escuchó los gritos, y fue ella quien llamo a la ambulancia y recibió a los enfermeros en el portal mientras Cristina miraba a su prima quejándose del dolor en el sofá de la sala, sujetando el paño con fuerza, envolviendo la extremidad, apretando bien los dientes. Desesperada. De reojo la pequeña miraba como la frente de su prima perlaba por el sudor.

Cristina odio los momentos previos a la llegada de la ambulancia, su prima no le dirigió una mirada en todo ese tiempo. Se sentía culpable, impotente. Escuchar las sirenas acercándose fue un ingente alivio para su conciencia que estaba junto a ella, en un rincón de la sala. Cristina estaba tan asustada que ni recuerda como fue que llegaron los paramédicos a la enorme habitación donde estaban y desperdigaron todos los utensilios en la alfombra. De pronto estaban ahí, con su uniforme blanco y el fastidioso aroma a alcohol medicinal. Fue un joven enfermero quien limpió y desinfectó la herida antes de llevarse a la prima Francy, ese era su nombre. Se fueron al hospital, esa fue la última vez que vio a la prima Francy. Tras su recuperación se fue a estudiar a una universidad brasileña. Hablaba casi perfecto el portugués. Filha, era como le llamaba siempre acompañada de una hermosa sonrisa dibujada en sus labios rosados. Nunca volvió a escuchar esas palabras.

Cristina se quedó unos minutos en casa de la vecina quien le dio un poco de leche antes de regresar a casa (los padres de Cristina pronto llegarían a casa del trabajo), y limpiar el desorden en la cocina.

Filha…

Los recuerdos son un ave fénix y los humanos los encargados de fundirse en sus alas férvidas. Cristina lo sabía perfectamente. Y no siempre vienen acompañados de sensaciones placenteras. No quería otro igual, así debía ser algo para contrarrestar las cosas, desviarlas de su cauce inexorable.

Cristina bajo las escalinatas, el gato no esta en el sillón floreado donde siempre se posaba. Abrió la compuerta de cristal y el aire fresco elevo sus cabellos. Hubiera querido elevarse como las hojas secas agolpadas en el pavimento. Levitar, sin ideas perturbadoras que hacían que su cuerpo fuera grávido, casi al punto de resquebrajarse casi en su totalidad. Subió al automóvil, insertó la llave y puso en marcha el motor. Debía pasar a una gasolinera por nafta. El tanque estaba casi vacio, como sus esperanzas de salir bien librada del laberinto en el que se encontraba. Antes de pisar el acelerador vio hacia el edificio donde vivía, el gato estaba en la puerta principal. Sus miradas volvieron a encontrarse pero esta vez quien huyó no fue el felino. Los neumáticos rechinaron en el pavimento en un fragor que fue apagándose, como la imagen del auto que desapareció al cruzar en la esquina hacia la avenida 8.

*

mayo 28, 2011

Un recuerdo simultáneo/ Cuarta Parte



4

Afuera, la gente caminaba por el arcén con pasos descoordinados. Cada quien envuelto en el mundo que le conviene y del cual se ha hecho acreedor por merecimiento propio. Cristina se acercó al balcón y siguió con la vista a un par de viandantes. No había algo o alguien que llamará su total atención, ningún detalle sugestivo, tan sólo personas con rostros desconocido, con rumbo desconocido. ¿Qué será de esas personas que sólo se ven una vez en la vida?, se dijo Cristina. Un anciano con bastón y atuendo beatnik tiraba de la cadena sujeta al cuello de su perro que se había detenido a olisquear las escalinatas del edificio de ladrillo del frente. La fuerza que el viejo imprimía (junto con la orden imperante: ¡Buster, camina!) parecía fútil ante el testarudo ímpetu de su mascota. Por suerte, para el anciano, la puerta principal del edificio se abrió con fuerza (el perro se asustó y el dueño sonrió a la coincidencia tan afortunada para su paseo matutino), de las gradillas descendió una mujer regordeta acompañada de dos niños díscolos de los que tiraba como si quisiera desmembrar los miembros superiores a los pequeñines. Los dueños de perros y los padres de familia tienen más en común de los que sus mascotas e hijos se imaginan, se dijo Cristina. El que parecía ser el más pequeño agitaba sus manos, llevaba una pesada remera que cubría su torso y una bufanda que resaltaba por su color cegador. Cristina recordó que la noche anterior, en el noticiero de medianoche, el “hombre del tiempo”, había advertido de una corriente de aire frío que provenía de las costas del océano Pacífico y que entraría en el territorio a primeras horas de la mañana. Había que abrigarse bien, había sido el consejo del conductor antes de pasar a comerciales, que ella regresara a la cama con una taza de té de manzanilla para Filomena. El otro niño, el mayor, tenía un gorro azul que hacía de fuerte para el cabello corto ante el embate del viento gélido, le gritaba a la madre algo a cerca del perro que los adelanta. Quería uno igual, papá lo había prometido, iba a hacer el obsequio de su próximo cumpleaños.


Un volskwagen gris cruzó la calle lentamente. Cristina pudo ver como el conductor estiraba la mano por la ventanilla y dejar caer su cigarro aún encendido en el pavimento.


Las ramas del árbol frente al ventanal estaban vacías, no había pájaros. Eran pocas las hojas que quedaban en aquel arbusto. En suelo, junto a las raíces, se hizo un pequeño remolino con las hojas sueltas. Revoloteaban como si tratarán de llamar la atención de los peatones. Todo, y todos quieren ser el centro de atención. No es una buena idea abrir la ventana estando desnuda, pensó Cristina mientras se sentaba en el diván junto a la ventana. Su mirada hizo un planeo de la habitación, el desorden le recordó las rabietas de su madre cuando siendo alumna del secundario el orden y la limpieza pasaban al segundo plano y la necesidad de querer cambiar al mundo era una manera de supervivencia imberbe, no había tiempo para acomodar la ropa sucia, poner en recua los libros, y los zapatos debían estar dispersos en el suelo como granadas colocadas adrede para el intruso de paso. Los dos cuartos le parecían un cuadro desolador a Cristina, salvo por el hecho de que en el que se encontraba ahora, había una mujer desnuda durmiendo en su cama, Filomena.


Cristina giro sobre sí misma, la ventana era nuevamente un caleidoscopio. Los ojos siempre están tras el detalle que impresione, que permita poner el mundo en una perspectiva diferente, que rompa la barrera de lo rutinario. En este caso, Cristina se percató de algo, no había parejas aquella mañana andando por la calle 32, quizás todos aún seguían en la cama, como Filomena.


Los pensamientos pronto empiezan a despertar, se avivan creando extensas conexiones entre sí, como los escondrijos (pequeños callejones) de una pared de ladrillos. El teléfono repiqueteo en la mesita junto a la cama. Cristina se espabilo inmediatamente, tratando de no hacer ningún ruido con los objetos difuminados en la moqueta, no quería que Filomena despertará. Eso no sería la manera más romántica de iniciar el día. Una voz masculina del otro lado le dio los buenos días en francés, reconoció la voz, respondió de igual manera, bonjour. Se acomodo en el lado vacio de la cama, justo al lado de las almohadas arrugadas. Reacomodó el auricular inclinando su cabeza y haciendo presión con su hombro asegurándose de no se le resbalará, y perder el hilo de la lozana conversación. Sus manos estaban ocupadas evitando que el aparato se abalanzará al suelo desde sus muslos. Mientras sus ojos se aseguraban de que Filomena aún dormía plácidamente.


- No es algo temprano aún para que llames –dijo con tono quisquilloso-, espero no sea un atisbo de arrepentimiento tardío.

Una carcajada ensordecedora provino desde el auricular amarrillo.


- El proyectil surca el aire… ¿No crees que ya es tarde para intentar esquivarlo y evitar el impacto? Ir a tu departamento, personalmente –enfatizando la palabra casi con rudeza-, si hubiese sido un “atisbo de arrepentimiento tardío”, aunque, te aseguro, que te hubieras quedado petrificada frente a la puerta antes de espetarme uno de tus comentarios pretenciosos.


Cristina devolvió la carcajada. Filomena hizo un repentino movimiento y se coloco en posición fetal, cubrió su cuerpo desnudo con la sábana blanca como si fuese líquido amniótico, el aire gélido se filtraba por el resquicio debajo de la puerta. Cristina le dijo a su interlocutor que espera un momento. Abrigo el hombro descubierto de Filomena con lo primero que encontró: una pequeña almohada. La piel de su amante resplandecía, Cristina, lamento tener que cubrir tal belleza con una objeto tan insignificante. Había que hacer algo para que las cosas encajaran de mejor manera.


Fue hacia un pequeño mueble de caoba en el que estaba colocado el viejo tocadiscos del abuelo, busco en la repisa superior y coloco un vinil, Horses. Ajusto la aguja y accionó el aparato. Modero el volumen justo antes de que los acordes de piano de Birland invadieran la habitación. Regresó junto a la cama para tomar el teléfono y se dirigió al diván. Se recostó en una posición que le permitiera ver directamente a Filomena.


- Ve al grano, dime que es lo que quieres –dijo esperando tener una respuesta escueta-. Déjate de jugarretas…


- De momento, me gustaría escuchar la parte de la canción donde Smith dice “no human…”. Luego, quiero que te duches y nos veamos en el café en media hora.


- Predecible, lo del baño. Media hora, me parece demasiado pronto, tengo visita. Por ti, no voy a estropear mi día desde muy temprano como si fuera el último de mi vida. Cuarenta y cinco minutos o una hora será menos sospechoso. No quiero que me vea salir del departamento como si estuviera huyendo de la situación en la que me he envuelto.


- De acuerdo, deja el auricular descolgado. Vete a dar la ducha.


Cristina dejo el teléfono en el diván y fue hacia la cama. Acerco sus labios junto a la oreja descubierta de Filomena y le dijo que debía salir de emergencia y que no quería dejarle una notita junto a una rosa porque hubiera sido inapropiado y podía preocuparla por un gesto tan extraño en ella. Filomena sonrió, luego, abriendo lentamente los ojos, le dijo:


- ¿Con quién hablabas por teléfono, amor?


- Con un tipo que cree ser el próximo elegido en cargar la cruz por todos nosotros. Voy a darme un baño, no quiero aromas en mi cuerpo que desvanezcan lentamente para luego intentarlos recordar en un acto de patetismo shakesperiano. Tú sabes más de esas cosas que yo.


- Bueno, no quiero que pienses que escuche tu conversación con El Mesías. Sólo quería asegurarme de que no intentabas huir en la primera oportunidad que se te presentaba.


- Lo sé. Debo irme, no quiero llegar tarde a la crucifixión.


- Claro, gracias por la canción hubiese sido un lindo gesto de huída, muy a tu estilo. Tenía tiempo de no escuchar a Patti Smith, sabes…


- He dicho “debo irme”, y no termine la frase con un “vuelvo en unas horas, amor”. Ya es hora que leas entre líneas, Filomena.


- Ya vete, no quiero que llegues solo ha bajar el cuerpo inerte de la cruz. Al menos deberías poner agua a hervir para un café. Lo necesito.


- Al regresar, quiero un poco de té esperándome… y a ti, desnuda en esa misma cama.


Cristina fue hasta el mueble donde estaba el tocadiscos y subió el volumen, desde un espejo pudo ver la sonrisa en la cara de Filomena. Luego abrió una puerta del armario y descolgó una toalla. Se dirigió a la puerta y antes de abrirla, sin voltear a ver, le dijo a Filomena que no se acercará a la ventana, no había parejas de novios en la calle y no quería que fuera a perder parte de la mañana haciendo suposiciones, engranando simbolismos, que no tenían cabida en su vida. Sigue con tu sueño matinal ahí te sentirás más cómoda, le dijo antes de girar el pomo para luego cerrar la puerta.


¡Cristina…! Un alarido en la cabeza de Filomena hizo que su sueño se perdiera en las llanas tierras de la intranquilidad. Una hoja seca se estampó en el cristal de la ventana haciendo un anodino estrépito. ¿Porque hay sucesos que toman partido en libretos donde no les llaman y aparecen con careta de “coincidencias”? Cristina había dejado el teléfono descolgado en el diván. La curiosidad pudo más. Filomena se apeo de la cama y por primera vez en tanto tiempo había dejado que la desnudez de su cuerpo, y su vientre prominente, fuera visto por los rayos del sol sin sentirse expuesta. Tomo el auricular.


- Aló…


Un silencio le contestó. Extraño, parecía que del otro lado tampoco habían colgado. Volvió a intentarlo, su voz salió de sus labios articulando una palabra que fue degollada justo cuando Patti Smith dejada escapar un alarido en forma de no human que fue apagándose. Alguien había colgado del otro lado. Filomena se dispuso a dejar el auricular en su lugar. Vio por la ventana, Cristina tenía razón: no había parejas esa mañana. Los vellos de sus brazos se erizaron, se froto con las manos, y coloco una pequeña manta debajo de la puerta. Se fue a la cama y nuevamente se sumergió en las sabanas. No pudo conciliar el sueño. Filomena, sabía que Cristina debía regresar a la habitación por ropa limpia, esa sería un buen momento para comentarle lo sucedido, el silencio lúgubre del otro lado del auricular y el repentino acto seguido. Y además, recordarle que debía poner la jarrilla con agua en la estufa.